Enrique Visconti Galluzzi. Centenario de un crimen

DestacadoEnrique Visconti Galluzzi. Centenario de un crimen
Don Enrico Visconti Galluzzi 1865- 1916 001
Foto del Archivo de Ernesto Visconti Elizalde publicada en el Heraldo de Chihuahua

No se sabe, bien a bien, cuál fue la razón precisa por la que los hijos de Francesco Visconti y Felice Galluzzi decidieron, en distintos años, dejar el pueblito de Giffoni Valle Piana, en Salerno, Italia; para irse a fare l’America. Fueron esos años, los del último tercio del siglo XIX, unos de intensa migración desde casi todos los países europeos hacia América, concretamente a los Estados Unidos. Con la salvedad que los hermanos Visconti Galluzzi decidieron, por alguna razón poco clara, que ellos migrarían hacia México.

Giuseppe llegó primero, ingresó a México en 1874. Vincenzo, en 1880; y pronto se les unirían Rosa, que venía casada ya con Carlo Basanetti;  Rafael y finalmente, el más joven, Enrico Nicola Alfonso. Este último, el centro del presente escrito y homenaje luctuoso.

Todos llegaron con el ánimo de asimilarse lo antes posible al nuevo país que ahora los acogía. Por eso castellanizaron sus nombres, ahora eran José, Vicente, Rosa, Rafael y Enrique.

Los hermanos Visconti se establecieron en el estado norteño de Chihuahua, principalmente en Santa Rosalía de Camargo y empezaron a prosperar desde que llegaron. Se sabe que José y Vicente se dedicaron con éxito a la minería, llegando a establecer en 1893 la Compañía Minera “La Camarguense”, entre cuyos socios figuraban fuertes empresarios regiomontanos, y uno particularmente famoso: Porfirio Díaz, Presidente de México. Otra actividad que abrazaron desde un principio fue la ganadería, negocio al que se dedicaría gran parte de la familia en el transcurso de los siguientes años.

En perspectiva, hay que decir que a la postre a Vicente y a Enrique no les fue muy bien.

Vicente Visconti, después de 3 décadas de trabajo, logró acumular algunas propiedades y negocios que le permitían mantener una muy buena posición. Sin embargo, en 1913, fue “visitado” por una de las tantas facciones revolucionarias y le propinaron “en nombre de la causa”, un menoscabo muy importante en su patrimonio, al grado que llegó a tener, después de eso, graves problemas económicos que le orillaron, en su calidad de extranjero, a presentar en 1914 a través del cónsul italiano, una reclamación al Gobierno de México por los daños y perjuicios que le causaron los revolucionarios.

Carátula Sec Rel Ext Vincenzo Visconti
Carátula del expediente del reclamo de Vicente Visconti, localizado en el Archivo “Genaro Estrada” de la Secretaría de Relaciones Exteriores

Desde luego, esa medida no prosperó dado que, según resolvió el gobierno mexicano, las afectaciones no fueron provocadas por el gobierno mismo, sino por un grupo de facinerosos.

Vicente Visconti Galluzzi
Don Vicente Visconti

Pero Vicente no consideró oportuno esperar en México el resultado de todas sus gestiones, así que en 1913, junto a su esposa Carmen Cordero y sus hijos Vicente, Carmen, Arcángel, Francisco,  Edelmira, María, Yolanda, Salvador y Joselena, se vio forzado a dejar el país para irse a vivir a El Paso, Texas. Tumba de Vicente Visconti en el El Paso TexasToda esa cadena de hechos lamentables, además del que le ocurrió a su hermano Enrique, le hicieron sufrir por los siguientes años, una depresión tal, que bien puede haber sido la causa por la que, decidió tristemente darse un balazo en la cabeza el 15 de noviembre de 1930.

Por su parte, Enrique, el menor de los hermanos, se casó en 1890 con Doña María de Jesús Picazo, con quien tuvo 2 hijos, Enrique y Jesús. Él, como propietario del rancho Encinillas, localizado en el municipio de Camargo, muy cerca de la línea divisoria con Coahuila, empezó a destacar en la actividad ganadera a fines del siglo XIX y principios del XX.

Enrico Visconti joven
El joven Enrique Visconti

 

Vis
Don Enrique Visconti y Doña María de Jesús Picazo

Aunque como ya se adelantaba, su final no fue mejor que el del propio Vicente, pues fue precisamente en su rancho donde murió, hace justamente 100 años, los que se cumplen este día 14 de marzo del 2016.

Enrique Visconti, o Enrico Nicola Alfonso, murió a las 10 de la mañana del martes 14 de marzo de 1916. Sólo habían pasado 5 días del golpe asestado por Villa a Columbus, Nuevo Mexico y, motivado por eso, el gobierno de los Estados Unidos inició la llamada “Expedición Punitiva” en todo el territorio del estado de Chihuahua, bajo el mando del General Pershing, y con el objetivo central de capturar y castigar ejemplarmente a Francisco Villa.

Enrique Visconti murió asaltado, según algunas versiones, por grupos revolucionarios relacionados con las fuerzas villistas. Aunque otros aseguran que no es tal, que fueron simples bandoleros y abigeos.

Este crimen recibió una amplia reseña periodística en Estados Unidos, incluso en lugares lejanos como The Oregon Daily Journal y The Charlotte News, en los que se reproducían las notas publicadas en los diarios de Texas.

El San Antonio Express, el día 19 de marzo presentó brevemente la noticia en su página 5: ITALIAN RANCHMAN KILLED, resaltando que Enrique Visconti era miembro de la Texas Cattle Raisers’ Association. Por otro lado, llama la atención que su texto mencione que su viuda y sus dos hijos menores, bien pudieron haber corrido la misma suerte, si no fuera porque habían abandonado el rancho apenas unas horas antes.

En El Paso Herald, en la página 2 de su edición del 20 de marzo de 1916 consignaba: ITALIAN KILLED BY A BANDIT BAND y como subtítulo “Enrico Visconte (sic) Murdered On His Ranch Of Santa Rosalia, Mexico”. Según esa nota, los perpetradores del crimen eran una banda formada por jóvenes, predominantemente menores de 20 años, y que eran liderados por quien se hacía llamar, bajo el seudónimo de Leonardo de la Barra. Asegurando además ese mismo periodico, que estos individuos eran los mismos que habían participado en el secuestro de Juan Bilbao, apenas el 6 de marzo anterior. Juan Bilbao estaba casado con una hija de Carlo Basanetti y Rosa María Visconti.

De todo lo sucedido en el rancho Encinillas, fue informado Vicente Visconti a través de un telegrama enviado por el señor Tiburcio García. Todo esto movió a la comunidad italiana para enviar, a través de Vicente Visconti y firmado por los más prominentes italianos en El Paso, un mensaje y una protesta al Embajador italiano en Washington, con copia para el Ministro en México. En esa protesta, Vicente Visconti indica que el crimen fue cometido por “soldados revolucionarios”, solicitando que ese reclamo fuera elevado al mismo Departamento de Estado para su seguimiento.

El mismo El Paso Herald, en su página 2 del día 27 de marzo de ese año, presenta los detalles de lo acontecido en el artículo DEMANDS MONEY, HAS NONE, SHOT. Details of Murder of Italian Citizen by Villistas Received in Letter. Según el cual, Wenceslao García Montoya, amigo de la familia, mediante una carta dirigida a Vicente Visconti, relata a este las incidencias de ese día. Narra García que se presentó temprano el 14 de marzo de 1916, un comprador de ganado, llamado Romualdo Carrasco, quien se había trasladado al rancho de Encinillas con la intención de comprarle a Enrique Visconti algunas cabezas. Estando en medio de la negociación, muy cerca de los corrales donde estaba el semoviente, se presentaron de pronto, inadvertidos, 28 jinetes, quienes llegaron preguntando qué es lo que estaban haciendo los ahí presentes, a lo que García Montoya respondió que se encontraban en una compraventa de ganado. “¡Ah, así que tienen dinero!”, dijo uno de ellos burlonamente. Tiempo seguido Enrique Visconti fue apartado de ahí, y se le dijo que si pagaba cinco mil pesos (poco menos de 210 dólares en ese momento), él sería liberado, de lo contrario lo matarían. A lo que replicó no tener esa cantidad en el rancho. Entonces, sin esperar a nada, el líder le apuntó con su pistola y lo mató. Eso ocurrió a la 10 de la mañana. Según el testimonio de García Montoya, a él no lo mataron por ser mexicano, pero sí a Enrique Visconti por ser extranjero. Después del crimen, esa banda saqueó el lugar, tomando todo lo que quisieron. Sacrificaron ganado sin razón, desperdiciando la carne y causando grandes destrozos. García Montoya fue liberado hasta las 5 de la tarde, cuando los gavilleros decidieron marcharse hacia el suroeste. Este, problablemente ayudado por Carrasco, cavó la tumba en la que enterraron a Enrique Visconti.

 

tumba
La tumba de Don Enrique Visconti (Cortesía de los hermanos Visconti Solis)

 

Esa nota finaliza diciendo que Vicente Visconti le instruyó de vuelta a García Montoya, que recuperara el cuerpo de su hermano e hiciera los arreglos para llevarlo hasta el Paso, Texas, para su entierro formal. Cosa que no se cumplió, pues Enrique Visconti yace aun en Encinillas. Es de suponer que su viuda así lo decidió finalmente.

Nota Final: Este muy breve escrito, pretende hacer un homenaje muy sentido a la vida de Enrique Visconti Galluzzi, a 100 años de su muerte. Recordando junto con él, también a los que ahora ya lo acompañan.

En caso de que hiciera falta alguna precisión o corrección, se pide atentamente se haga saber por este medio.

Todos los Derechos Reservados. Prohibida su reproducción, por cualquier medio, total o parcial.

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Cuando el Verde es Azul, Parte 8

Cuando el Verde es Azul, Parte 8

Abrí los ojos. Estaba completamente obscuro.

En frente de mí, a pesar de la penumbra reinante, sabía que Analú dormía plácidamente a solo unos centímetros. Esa certeza me hizo suspirar tan profundamente, que yo mismo me sorprendí por el ruido que ocasionó esa espiración y el breve gemido que le siguió.

Recordé, justo después de eso, a un locutor de radio que alguna vez escuché quien, entre canción y canción, se prodigaba con frases y rollos llenos de una cursilería tan empalagosa que solían darme la oportunidad de reírme a carcajadas, tanto por su voz un tanto meliflua como de sus discursos llenos de una chabacanería infinita. A él le escuché decir un día, que la felicidad era en realidad su búsqueda, y que su clímax, esas breves explosiones de euforia que lanzan pequeños latigazos de dopamina y serotonina a todo el cuerpo, era en realidad el aviso que había que empezar de nuevo.

Esa noche me di cuenta que no tenía idea de lo inmensamente feliz que podía ser, y por periodos tan prolongados.

Vi por encima de Analú y el reloj despertador estaba apagado. Afuera llovía copiosamente, por lo que no fue difícil suponer que la electricidad se había ido, lo que explicaba por qué estaba más obscuro que de costumbre.

Puse mis ojos sobre donde yo suponía estaban los ojos de Analú, al tiempo que, repentinamente, un relámpago destelló tan fuerte que iluminó el cuarto entero, como si fuera de día, regalándome así una instantánea espectacular de ella abrazando una almohada y con su rostro hermoso expuesto a mis ojos ávidos de Ella. El trueno que acompañaría a ese relámpago, se retrasó un poco más de lo normal, y aunque sabía que sería muy fuerte, nada me preparó para el estruendo que cimbró todo a mi alrededor. Justo cuando retumbó, oí el grito y como el cuerpo de Analú se fundía conmigo en un abrazo que a reserva de los muchos adjetivos que puedo darle, me limitaré a decir que fue inolvidable, absolutamente inolvidable.

– No te asustes, llueve – Le dije, abrazándola a su vez, tratando de actuar con absoluta naturalidad.
– Les tengo pavor a los rayos- Decía mientras yo sentía como temblaba su rostro pegado a mi pecho.

En este punto amigo, me veo obligado a aclararte que, aunque me considero un caballero, también te digo que no soy de palo, y que si fuera otra chica yo ya estaría planeando mi siguiente movimiento platónico… ¡Para echármela al plato! Pero… era Analú. Y lo único que me movía en ese instante, era la emoción tan grande de tenerla cerca, con el aire caliente de su respiración rebotando literalmente contra mi corazón.

Un segundo relámpago y su correspondiente trueno reafirmaron nuestra posición, y ese fue el proemio de lo que se convirtió en una serenata larguísima de rayos y truenos, que casi duró una hora.

Nuevamente, en algún punto empezamos a reír casi frenéticamente. Analú, invariablemente, durante ese carnaval de relámpagos, cada vez que uno rasgaba los cielos con su dibujo caprichoso de luz, hacía que Ella se sacudiera, me apretara y luego riera compulsivamente, justo en ese orden. Y esta dinámica se repitió tantas veces, de manera que terminamos riendo como locos de continuo, abrazados como langostas… y yo digo que ambos felices.

Fue muy tentador dejarme llevar por ese instante sin decir nada, ni abrir los frentes que tenían que ser abiertos. Era muy fácil mantenerse en el tierno y cálido cobijo de su breve cuerpo, así, sin más. Sin embargo, yo arrastraba una tonelada de inquietudes, y creo que no iba a encontrar un mejor momento para desahogarlas todas. Yo estaba dispuesto a reventar esa burbuja de felicidad irracional, con tal de no prolongar mis incertidumbres.

Así que, en medio de la obscuridad y tan juntos como se puede estar, en cuanto se abrió un remanso en medio de esa tormenta perfecta, tan atípica como oportuna, disparé primero.

– Analú, yo creo que es necesario que hablemos- Oí mi propia voz en ese silencio apabullante, sobre todo después de tan sonora demostración de la naturaleza.- Hay evidentemente algo entre nosotros y yo quiero saber qué está pasando por tu cabeza. Yo ya no sé si te volveré a ver o no, y para serte muy sincero necesito pisar en tierra firme…- No quise andar con rodeos.
– ¿Tú quieres seguirme viendo? – Preguntó, todavía trémula.
– Analú, no voy a esconder nada. No pienso hacerme el interesante, esto que tenemos tú y yo es todo menos normal. Yo no te estoy cortejando, te estoy reclamando para mí con todo lo que eso signifique. Y lo hago sin saber de ti prácticamente nada, y lo sé, me estoy exponiendo a perder y a perderte, pero tampoco creo que tenga que seguir guardando esto que cargo desde que te vi por primera vez- Lo dije con tal elocuencia que me pareció escuchar su suspiro.
– ¿De verdad? – Y su voz sonó tan dulce, tan feliz… tan ilusionada. No sé amigo, yo estaba en los cuernos de la luna.
– Luke, yo tampoco quiero esconder nada… siento exactamente lo mismo que tú… Yo ya había renunciado a ti hoy ¿Recuerdas?… o, mejor dicho, ayer durante la noche. Pensé que mis problemas terminarían si tu decidías no ir detrás de mí. Y no lo hiciste, entonces pensé que así serían las cosas… y así estaba bien, yo ya no haría más nada. Estaba triste, muy triste. Pero, después me buscaste ¿Sabes? Gritando como un lunático a las 3 de la mañana con tu ridícula camiseta de Mickey Mouse… – Y empezamos a reír otra vez. ¡No recordaba que me había salido así!

Y Analú hablaba con mucho cuidado, seleccionando las palabras celosamente, y además poniendo especial empeño en su dicción, como si supiera que cualquier cosa dicha fuera de su lugar, podría ser interpretada de una u otra manera.

– ¿Problema? ¿Por qué tendrías un problema si iba detrás de ti? – Su cara se quedó seria. Tal parece que se dio cuenta que se equivocó al escoger las palabras.
– Ya sabes que yo tengo una historia con otra persona…- Lo dijo sin cortapisas.
– Bueno en ese caso me parece que tendrás que tomar una decisión- Dije sin mayor miramiento.

Ella suspiró. A esa hora se asomaban tímidamente los primeros resplandores que ya anunciaban al nuevo día, y podía ver ya algunos detalles de su cara hermosa.
– Luke te contaré todo. Te lo prometo. Pero déjame prolongo más este momento ¿Sí?… Quedémonos así, juntos, muy juntos…- Y sentí sus brazos rodeando mi cintura.

No pude resistirme. Además, me estaba venciendo de nuevo el cansancio. Nuevamente me dejé llevar por la embriaguez de su olor, su calor. Nunca intenté besarla ni tocarla más allá del abrazo que nos tenía trenzados desde el primer trueno. Así permanecí en ese abrazo prolongado… y, en algún momento, nos volvimos a dormir…

(Continuará…)

Cuando el Verde es Azul, Parte 7

Cuando el Verde es Azul, Parte 7

Cuando Analú se hubo ido, caí en cuenta que no la volvería a ver nunca, y me empecé a preguntar, una y otra vez, ¿Qué hago?… ¿Voy detrás de ella…? Todo mientras daba vueltas en un radio de 8 baldosas, y como testigo Benito que me seguía con esa mirada, la que me asustaba a veces, pues realmente me hacía dudar si de verdad entendía lo que estaba pasando.

Amigo, tienes que entender mi desconcierto esa noche, no tenía una idea clara de dónde estaba parado en cuanto a esta chica, no sabía que debía hacer o dejar de hacer pero, peor aún, si la respuesta era ir a buscarla, Ella se había alejado sin tener una idea clara de dónde encontrarla.

Estarás de acuerdo que la situación era absolutamente atípica. Y claro, ella era linda, muy linda. Para serte perfectamente honesto, Ella me tenía loco desde el primer segundo, como ninguna otra mujer jamás lo logró. El alud de pensamientos que le siguió a ese instante me hacía perder la compostura y, por lo tanto, el control de mis actos. En amplias oquedades de mi cabeza cabalgaban sueltas un montón de ideas, y en todas terminaba yo corriendo detrás de ella. ¡Una locura amigo!

Pero ¿Qué le vamos a hacer? ¡Se va a casar!… Y me daba la impresión de estar en el rictus de un galán de telenovela de los setentas.

Un poco de la cordura que se extravió durante este desvarío, empezó a dar signos de vida. Hasta ese particular momento empecé a recuperar el dominio de mis actos y mis pensamientos. Me cuestionaba ¿Qué es lo que estoy haciendo? ¿Qué hago en medio de este tremendo merengue? Ya tengo 27 años, no puedo atorarme en cualquier rosal…

Pero ¿Qué cosa soy… un adolescente… o un imbécil? ¿Cómo puedo trastornarme la vida en un par de días? La verdad estaba sorprendido por toda la tensión que había generado en mi vida una desconocida con la que no lograba completar ¿Cuánto? ¿Dos horas de trato? ¡Era increíble!

Después de ese remolino de ideas y contra-ideas concluí que todo este caos emocional lo habían causado los largos días que fue internado, la ingesta de medicinas y más medicinas; y una muy poca y muy mala comida del hospital. Y, por si fuera eso poco, por si hiciera falta otro elemento para ponerle la bandera al pico de la montaña, estaba todo ese extraño suceso sobre mi muerte. Algo que procuraba cavilar, y que cuando emergía nuevamente a la superficie de mi consciencia, no tardaba mucho en encontrarle un distractor con tal de no echarme un clavado en ese hoyo negro en mi existencia.

Además -regresando a lo otro- ese no soy yo. Me distinguía por cerebral, calculador, quizá hasta un poco frío, sí lo admito. Lo mío era lo seguro, lo marrao, no me podía ir de boca de esa manera. Durante esa reflexión sentí que había hallado de donde asirme, como sí hubiera podido resolver el nudo mental que me tenía doblado. Me senté nuevamente en la banca y con absoluta convicción concluí “Ella ya se fue. No sé dónde vive, no tengo su teléfono ni a dónde comunicarme con ella. No haré nada por buscarla y dejaré que el destino fluya”. Y en ese acto amigo, renuncié a eso que estaba empezando a ser una fijación. Después de eso, sentí calma.

Ya con esa certeza, me enfile con Benito hacia el departamento. Llegué, me senté en mi silla de gamer, levanté el teléfono y pedí al Capri una pasta. Me metí a bañar, me puse mi vieja camiseta de Mickey Mouse, esa que nadie conocía por la pena que me causaba su existencia, pero que por otro lado tampoco me podía deshacer de ella. Llegó mi pasta. La cené con un poco de vino que guardaba en el refri. Me lavé los dientes y me acosté. Y más tarde, soñé.

Así es amigo… tuve uno de esos sueños… ¿Cómo describirlo? Si te digo que fue raro, rápidamente me dirás ¿Qué sueño no lo es? Y tendrás razón. Digamos que fue un sueño extraordinariamente vívido, lleno de luz y colores fulgurantes. Todas las sensaciones se sublimaban, como si fuera un viaje trascendental… como si por primera vez viera, tocara, oliera, escuchara y probara. Pero bueno, sé tú el juez.

Después de dormir profundamente desperté. Primero vi el techo y noté que en él había muchas luces. Esas luces, sin saber cómo, se acercaron a mí… o al menos, eso creía… pero no, estaba ocurriendo lo contrario, era yo el que se había aproximado al techo y a las luces, porque… ¡Flotaba en el aire! Justo en ese momento, recuerdo haberme hecho consciente del sueño, ¡no pasa nada! Me dije. Pronto despertaré. Bajé la mirada y me sorprendí al verme allá abajo, parecía dormido. Puse un poco más de atención y me di cuenta que estaba en un quirófano. Tenía el pecho descubierto, a mi alrededor un grupo de doctores discutían entre sí, y me llegaban voces lejanas y metálicas:
– Doctora es inútil. Hemos satisfecho con suficiencia los protocolos, el paciente ha fallecido… cariñosamente le recomiendo que procure no bajar la guardia, somos doctores, pero antes somos personas, y nos debemos mantenernos sanos emocionalmente y en las mejores condiciones para cumplir con nuestro trabajo…-

Tengo solo fragmentos del sueño, lo siguiente que recuerdo es que de nuevo me elevaba, lentamente me alejaba, cada vez se iba empequeñeciendo todo, hasta que desaparecía de mi visión esa sala y mi cuerpo recostado. Levanté la mirada y frente a mí tenía un camino que seguir. Sin sentir temor alguno y desprovisto de todo sentimiento que no fuera el de una grandísima paz, me dejé llevar.

Era una emoción hermosa, esa de dejarme ir sin preguntarme y, mucho menos, angustiarme por el futuro, de alguna manera tenía la certeza que estaría bien, muy bien.

Súbitamente oí algo, apenas perceptible, venía de abajo. Ese rumor, sin saber de qué manera, me jaló de regreso. En ese punto, yo no quería regresar, deseaba tanto quedarme ahí en medio de ese bienestar indescriptible. Pronto, me vi retornando por el mismo camino, hasta que divisé a lo lejos, un cuadrito iluminado en mi horizonte: era el quirófano dónde había estado hacía solo unos instantes.

Me volví a ver ahí, tendido, solo que en esta ocasión con una mano sobre mi pecho. De a poco, oí otra vez y más claramente el rumor a partir del cual había regresado. Era un llanto muy quedo, sentido, profundo.

Amigo todo esto que intento describirte tan torpemente, multiplícalo por mil y seguiré estando muy lejos todavía de las percepciones y sensaciones que viví en ese momento, en ese sueño tan extraordinario. El sentimiento que lo impregnaba todo, era de una honda tristeza, de un deseo ferviente por no despertar. Sin embargo, también había comprensión, simpatía… algo muy humano.

Repentinamente abrí los ojos, sin sobresaltarme. Tranquilamente, me incorporé, abracé mis rodillas por unos segundos, y luego, después de saborear los resabios del sueño, sin pensarlo mucho me dije con ímpetu – ¡Analú!

Tiempo seguido, me levanté, me puse unos tenis, tomé mis llaves, revisé el reloj: las 2:47 AM.

Salí presuroso de mi edificio y corrí hasta la banca donde estuve con ella. Sin darle muchas vueltas a lo que tenía que hacer, seguí su rastro, avancé hacia los setos y doblé al igual que ella lo hizo, luego mantuve el rumbo corriendo hasta salir del parque. Y así seguí por tres manzanas, las mismas que ella había indicado. Llegué a una esquina de anchas avenidas. En esa confluencia existían cuando menos 5 o 6 edificios de departamentos. Giré los 360 grados y no logré ver una sola luz prendida. Me regresé a una de las esquinas y me senté sobre el cordón. No sabía qué hacer. Era ridículo, no podía tocar los timbres de cerca de cien departamentos para ver si tenía suerte. Ahí me quedé un tiempo, el suficiente para admitir que había sido derrotado por las circunstancias. Lo de una aguja en un pajar era poco.

Di una última mirada y regresé sobre mis pasos. Toda la alta muralla de convicciones que me había impelido salir a buscarla, se había derrumbado estrepitosamente. Ahora verla se había convertido en una necesidad imperiosa… aunque fuera una última vez.

Con la mirada en el piso, había caminado ya una cuadra en dirección a mi departamento. Y en algún segundo, movido por algo que no puedo explicar, di media vuelta y corrí impetuosamente otra vez hacia esa esquina. Llegué justo a la mitad de esa intersección desierta, y tomando una gran bocanada de aire, grité con toda mi alma su nombre. Y lo repetí 4 o 5 veces, cada vez más fuerte y prolongado. No tardó mucho para que se empezaran a prenderse las luces de algunos departamentos. Después oí como se corrían algunas ventanas, seguido por gritos y algún insulto.

Yo, lejos de callarme, seguí gritando como un loco.

– ¿Qué haces? – Escuché a mis espaldas… giré y la vi.
– … Nada- Respondí tan estúpidamente que no te puedes imaginar. Como un niño con chocolate en la boca y negando haberlo comido.
– ¿Me estabas buscando? – Preguntó sonriendo.
– Si …- Afortunadamente no lo negué.
– ¿Y por qué me buscas aquí? Yo no vivo aquí, vivo a dos cuadras de aquí- Y se sonreía.

Yo me quedé callado, sin tiempo de sentirme más ridículo aun, pues observé detrás de Analú como se acercaban a solo unas cuadras, dos patrullas de policía, seguramente solicitados por los vecinos molestos. Así que la tomé de la mano, la jalé y salimos corriendo por otra de las calles. Corrimos como locos, y mientras lo hacíamos nos empezamos a reír desaforadamente. Cuando nos dimos cuenta, ya habíamos regresado al parque enfrente de mi edificio. Así que paramos y nos tiramos sobre el pasto mientras seguíamos riendo. En todo ese tiempo yo no había soltado su mano, ni ella la intentó retirar. Pronto nos callamos. Nos quedamos en silencio, recostados, viendo hacia las estrellas por segunda ocasión en esa noche.

– ¿Me escuchaste desde tu departamento? – Pregunté un poco intrigado.
– No. Te escuché mientras estaba en la calle, no podía dormir y decidí a dar una vuelta- Dicho eso, ya solo faltaba que me preguntara por qué la buscaba. Y ahí estaba la dificultad. No sabría qué contestarle. Sin embargo, no preguntó nada.
– Tengo frío- Mientras giraba su cabeza para verme.

Me levanté y nuevamente tomada de la mano la conduje hasta mi departamento.

Entramos y prendí la luz, ella me hizo una seña por la que entendí que no deseaba luces prendidas. Luego sin decir nada buscó mi cuarto, se metió en él y se acostó en mi cama hecha un ovillo. Yo la seguí y me acosté igual, viéndola a los ojos.

– Buenas noches Luke- Dijo quedo.
– Buenas noches Analú- Le contesté yo.

Tiempo seguido ella se durmió. Yo, por el contrario, me quedé mirándola, tratando de tatuarme en la memoria su rostro glorioso, para si fuera el caso de ya no verla más, sí tener un recuerdo claro como fotografía de ella. No sé cuánto tiempo estuve así, hasta que me venció el cansancio.

(Continuará…)     Cuando el Verde es Azul, Parte 8

Cuando el Verde es Azul, Parte 6

Cuando el Verde es Azul, Parte 6

… Y era ella…

Amigo, ¡créeme! Desprecio ese hábito de los tontos para adornar las pláticas con exageraciones e inexactitudes, para luego hacerlas parecer más interesantes.

Te juro que yo no caeré en eso, pero si tengo que hacerte un relato fiel de lo que sucedió, usaré todos los escasos recursos que tengo, para describírtelo con justa exactitud, tal como lo viví esa noche.

Analú apareció detrás de aquellos setos, precedida por Benito, y aunque era bañada por la obscuridad reinante, esta no era total, de tal forma que durante su recorrido hacia donde yo me encontraba, ella quedaba, por momentos, parcialmente iluminada por una luz potente que se filtraba entre las hojas y ramas de los árboles, dándole así a mi espera un toque de expectación, de emoción contenida, que violentó sin remedio a mi corazón que, repentinamente, desbordó sus latidos.

Cuando por fin la vi, después de ese interludio mágico, con ese vestido amarillo corto y pegado de algodón con flores blancas pequeñitas, zapatos bajos, sin gota de pintura y con el cabello suelto … y ya sé… ¡ya sé! A riesgo de llenar esta memoria con frases gastadas, tengo que decir simple y llanamente que me dejó sin aliento. Y, desde luego, cuando quise hablar sentí que apenas podía balbucear.

– ¿Analú?… ¡Hola! Pero… ¿cómo es qué…? ¿Benito…? – La verdad no lograba entender como se vinculaba Analú con Benito.
– ¡Hola Luke! … – Me sonrió… y para seguir con los lugares comunes, se me iluminó la vida.
– Pues sí, Benito aquí está ¿Cómo lo ves…? – Y Benito era una explosión de alegría perruna que no dejaba de brincar – ¿Te lo explico? … – Mientras se sentaba a mi lado en la banca, todavía se reía de mí, seguramente por la similitud entre mi cara de sorpresa con mi cara de idiota.
– Si, ¡Por favor! – Decía esto mientras por dentro un regocijo me inflamaba el pecho, por lo que pensé que Benito y Yo estábamos haciendo un papelazo, aunque mi compañero lo llevó al extremo al echarse de panza para arriba, la lengua colgando y sus patitas al aire.
– Pues no sé Luke, te vi tan preocupado por tu perro aquel día que hablamos en tu cuarto de hospital… así que, saliendo temprano esa mañana del hospital, se me ocurrió venir a buscarlo…- Y se adelantó a mi siguiente pregunta – Conseguí tu dirección en tu expediente, así que no tuve problemas para venir y por si fuera poco, tú no lo sabes, pero vivo a solo tres manzanas de aquí…- Me decía mientras yo observaba como se encendía un cigarro.

Yo, que he odiado el tabaco toda mi vida… me importó un carajo ese detalle. Seguía oyéndola encandilado por su encanto y feminidad, mientras estudiaba absorto cada pequeño detalle de su rostro, su mirada profundamente verde, su sonrisa amplia, su cuello largo y elegante, su talle esbelto, sus piernas de ballet… supe justo en ese momento que estaba arrebatadoramente enamorado de esta mujer, y sí, teniendo que recurrir a los clichés más comunes de las historias baratas de amor, te puedo asegurar que pensé con toda seriedad en aquella frase “Como nunca jamás me he enamorado de alguien”.

Pero deja que te explique algo amigo. El detalle del cigarro no es poca cosa para mí. Entre mis amistades soy bien conocido por ser extremadamente sensible y reactivo a ciertas cosas, tantas que mi círculo me califica abiertamente de “muy especial”, por no decir muy mamón. Una de las cosas que no soporto, es que la gente a mi alrededor fume.

De muchas maneras mi vida social ha sido marcada por mis rarezas, mis amigos muchas veces han tenido que optar entre tolerarme o no. Muchos se quedaron, muchos se fueron.

Pues todo esto que te digo debe ser suficiente para que entiendas la fuerte ascendencia que esa mujer tenía ya sobre mí, desde el minuto 1 que llegó a mi vida, ¡Estaba fumando a medio metro de mí!

– ¿Cómo fue que lo encontraste? ¡Mi madre lo buscó en el edificio y sus alrededores! – Pregunté impresionado, y Analú encogió los hombros, pretendiendo ser modesta.
– Pues supongo que un poco de suerte, aunque también hice lo que la lógica de un perro dictaba…- Y yo levanté la ceja entre divertido y curioso. Ella continuó – Supuse que una vez que el pobre Benito se enteró que no regresaría a su casa, tendría que resolver su problema principal… ¡comer! Así que busqué una fuente de alimento para un perro como este, y como esta zona es muy limpia no encontré mucha basura disponible, pero sí un restaurante de carnes a una cuadra y media de aquí con muchas posibilidades de atraer el olfato de un perro… y ya está… una propina… y lo demás es historia… – Y extendió sus brazos como diciendo ¡Fácil! Y luego hizo un mohín encantador con su boca, o no sé, a esas alturas yo ya le celebraba todo.

¡Ay amigo! No hay nada mejor que esos momentos en el que todo es felicidad y excitación, cuando crees estar enfrente de la mujer de tu vida.

– Pero dime algo primero- Aunque seguía impactado por su presencia, ya era dueño otra vez de mi voz – Yo nunca te dije cómo era Benito…- Le sonreí intencionadamente, y rematé esa frase como si fuera un abogado dando un golpe magistral frente a un juez y una corte a la mitad de un juicio.
– El portero de tu edificio es muy comunicativo Luke… mucho- Y sonrió pícaramente, tanto que me intrigó que más le puede haber soltado ese boquiflojo.

Así transcurrió más de una hora. Divertidos y en franca camaradería compartiendo los pormenores de esa última aventura, el rescate de un perro negro llamado Benito. No se mencionó al hospital, ni al suceso milagroso de mi muerte clínica, mi regreso o la razón real de por qué estábamos ahí.

No sé exactamente en qué momento dejamos de hablar, pero nos quedamos estacionados finalmente en un prolongado silencio, no uno incómodo, en lo absoluto; era uno de esas comuniones extraordinarias en que no hace falta decir nada, solo compartir algo con quien pareciera conocer desde hace mucho tiempo.

Juntos observamos a través del gran boquete que se fue abriendo en el cielo nublado de la ciudad, y que nos concedió una rara oportunidad de ver las estrellas en un cielo claro e inmaculado. Durante todo ese lapso, me hice ajeno a todo, sin otra cosa que mirar en la misma dirección que Ella. Mi único pensamiento recurrente fue que allá arriba tuvo que haber habido una maravillosa conjunción de estrellas y constelaciones para provocarme un presente tan… ¿Feliz..? Sí, feliz ¿Por qué me costaba tanto admitirlo? Pero claro… ¿Y el futuro? ¿Habrá un futuro? En eso estaba cuando ella me bajó estrepitosamente de la nube en la que estaba montado.

– Luke, ya me tengo que ir- Soltó de improviso, y yo solo pensé en la manera de prolongar ese tiempo.
– Oye, antes de que te vayas ¿No te gustaría cenar algo? En el depa debo tener varias cosas para preparar, o podemos ir al Capri por una pasta, o unos tacos y…- Paré cuando observé su expresión.
– Luke, ¿Recuerdas que te dije que había terminado mi residencia en el hospital? Pues mañana domingo es precisamente mi último día, después el lunes tengo que resolver un par de asuntos y el martes temprano me voy de regreso a mi ciudad – Terminó y bajó un poco la mirada – Me regresó a mi ciudad con mi familia… y con mi novio, con quien me casaré este mismo año – Y luego me miró de esa manera, una que no soy capaz de interpretar, pero bien pudiera pensar que le había costado decir lo que dijo.

Y bueno. Tú no lo sabes amigo, pero entre mis peculiaridades está que soy el tipo menos romántico y, por lo tanto, enemigo número uno de cualquier tipo de cursilería, ya sabes, esas expresiones afectadas excesivamente por una sensiblería ramplona y chabacana, que a fuerza de ser estridentes contaminan los sentimientos y las razones. Pues bien, ya con todos esos antecedentes, tengo que decirte que sus palabras fueron para mí dos estocadas en el centro de mi alma.

La oí y me quedé mudo. ¿Qué le podía decir? Era la tercera vez que hablaba con ella. La primera vez fue quizá 1 minuto, la segunda no más de 15 y esta última, una hora y media. Además, lógicamente tampoco establecí mi intención hacia ella de alguna manera, o ella hacia mí. Entonces ¿Por qué me dolía tanto? ¿Por qué sentía un impulso tan fuerte por llorar?

– ¡Ah! Pues muchas felicidades- Dije obligado por las formas, sin ningún convencimiento, pensando al mismo tiempo si Analú habría captado de alguna manera mi estado de ánimo.
– Gracias- Dijo secamente.

Se levantó, y yo junto con ella. Quedando de frente a mí, recibiendo pleno en su rostro la luz de un farol próximo, atónito observé sus ojos pintados con un azul tan intenso que no pude evitar parpadear un par de veces.

Se agachó para rascar la panza de Benito que seguía ahí donde mismo. Se incorporó, me miró y me tendió la mano, luego dudó un poco, pero al final me dio un beso tímido en la mejilla.

– Adios Luke… adiós Benito- Me miró por última vez, se dio la media vuelta y se marchó.
Y se alejaba, yo la seguía con la mirada, mientras mi boca se había quedado pasmada. Quería decirle, quería gritarle algo, lo que sea, tan solo para detenerla un instante más. Pero no lograba sacar nada. Y se fue haciendo pequeña, acercándose a los setos de donde había emergido no hace mucho.

Y fue apenas unos metros antes de perderse en esos setos, que exclamé en voz alta – Pensé que tus ojos eran verdes…

Ella me oyó y se paró de inmediato, ahí se quedó un par de segundos como si no supiera qué hacer, se dio la vuelta y camino hacia mí por ese trecho, por segunda vez en esa noche, repitiendo el mismo efecto de luces que tanto me había impactado la primera vez.

Y llegó hasta mí, su cara muy cerca de la mía, mirándome directo a los ojos, casi inexpresiva, con esos dos luceros azules que yo juraba eran verdes.

– Mis ojos siempre son verdes, salvo cuando estoy muy triste… cuando estoy muy triste son azules… – Se dio la vuelta y ya no dijo más.

En esta ocasión, ya no pude decir nada.

(Continuará…)      Cuando el Verde es Azul, Parte 7

La Exclusiva

La Exclusiva

 

Alfred está en aprietos.

Él se encuentra en una circunstancia sobre la que desconoce qué curso debe tomar. Alfred, por primera vez, está consciente que tiene un problema de orden moral.

Se encuentra, después de una mañana realmente de locura, en la oficina de Oriel Ortigosa, quien sorpresivamente le acaba de proponer algo que le significaría una gran oportunidad, un trampolín casi instantáneo hacia la fama, el dinero y todo lo que siempre ha perseguido.

Alfred le responderá a Ortigosa en exactamente doce segundos. Doce segundos es un lapso que parece ser muy breve, sin embargo, es suficiente para darle un vistazo a las últimas 12 horas… las que empezaron precisamente con una llamada de este mismo personaje, Oriel “El Toro” Ortigosa…

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– ¿Rueda? … – Alfred distingue por la bocina del teléfono la voz inconfundible, rasposa y sonora, del Director de Noticias de Cadena TV Metrópoli. De soslayo, alcanza a observar que en su celular marcan las cinco de la mañana con diez minutos. Aun así, se para en automático de la cama.
– ¡Sí señor, dígame…! – Jamás el legendario y temible Toro Ortigosa le había hablado por teléfono a su casa… de hecho no lo había hecho de ninguna otra manera, lo más cercano que estuvo de sostener una conversación con él, fue en un elevador, cuando una tarde de invierno, hace un par de años, le ordenó con un rugido que presionara el botón del piso 15.

– Rueda ¿Se imagina por qué le hablo? ¿Verdad?… – lo preguntó con cierto énfasis, como si estuviera seguro que Alfred lo sabía y que, además, ya esperaba la llamada. La verdad es que este estaba tan perplejo que todavía se cuestionaba si seguía durmiendo.
– Sí… ¡No!… No, señor, no tengo idea… – pudo decir torpemente, con el temor de haber dado una respuesta equivocada y que eso pudiera tener alguna consecuencia.
– Señor Rueda, usted preparó una nota sobre el posible rompimiento de Myrne de Lorean y Calín Guarneros… ¿Es así?… – Alfred lo escuchaba resoplar y sentía que se le acababa la paciencia.
– Sí señor… el día de ayer…
– ¡Precisamente Rueda! Muy bien. Pues ahora quiero que usted vaya con un camarógrafo y reporteé esta noticia ¡in situ!… y quiero que además me tenga hoy una transmisión en directo ¿Comprende? – Alfred oía perplejo.
– Pero señor, ¿Qué sucede con Margot Cienfuegos? ¿No le corresponde a ella como titular de espectáculos? – Inquirió con una duda bien fundada, aunque disimulando muy mal el temblor emocionado de su voz.
– Rueda, no tengo tiempo para darle explicaciones. Limítese a saber que Margot fue hospitalizada por su vesícula o algo así, y que una mezcla de circunstancias adicionales me tiene hablándole a usted a esta hora. Ahora, necesito que se vaya de inmediato a la oficina para que se salga a cazar la nota. Ese asunto se ha complicado. Por si no lo sabe, desde anoche han empezado a circular unas fotografías íntimas que causarán gran revuelo, y todo indica que fue el propio Calín quien las subió a la red… No necesito explicarle que se trata de una noticia que va a dar mucho de que hablar, y queremos las declaraciones en exclusiva de Myrne para la cadena… ¿Le quedó claro Rueda?… ¡Eh! – Y colgó sin dar tiempo a contestar.

Veinte minutos después ya iba Alfred Rueda a toda prisa hacia TV Metrópoli.

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Alfred revisa cuidadosamente las notas biográficas de Myrne. Su compañero camarógrafo está sentado a un lado, limpiando cuidadosamente el lente de su cámara.

Los nervios no son pocos, de frente tiene su primera gran oportunidad.

Un pequeño monitor le deja observar el inicio de la transmisión del noticiero… Una voz masculina y profunda en off, dice: “¡Esto eeeeeeesssssssss!… ¡Su noticieeeeroooo Sucesos aaaal Puntoooooo! Desde Cadena Metrópoli, transmitiendo en alta definición para todo el país y para el resto del mundo vía internet… el noticiero preferido de la tarde. ¡El noticiero de las grandes noticias! Y esta tarde no es la excepción, tenemos una exclusiva que va a ser irremediablemente el tema de conversación por el resto del año… ahí donde nos ve y escucha, en casita, en la oficina, en el club, ¡en todos lados!… En unos minutos más estaremos enlazados con nuestro compañero Alfred Rueda que está apostado desde muy temprano a la entrada de la casa de Myrne de Lorean. Y todos ustedes se preguntarán, ¿Y por qué razón está Alfred Rueda afuera de la casa de la fabulosa actriz Myrne de Lorean? ¿Qué gran exclusiva me tiene Sucesos al Punto? Pues nada, que este programa se ha enterado del rompimiento definitivo, ni más ni menos, de esta bella actriz con su hasta ayer pareja sentimental, el galán y actor Calín Guarneros, la estrella más deseado de la Televisión y el cine nacional… Y, por si fuera poco… si ya bastante impactante resulta esta ruptura, espere a enterarse de la truculenta historia que hay detrás. Así, antes que el ansia los carcoma, les vamos a adelantar, antes que Ángel Rueda nos precise la información, que fue el mismo galán quien habría dejado a Myrne por otra mujer cuya identidad ya está siendo rastreada por nuestros reporteros. Pero esto no para ahí, amigas y amigos, ¡Esto no para ahí! La parte más candente tiene que ver con una serie de fotos que, al parecer… y escuchen bien esto… algunas fuentes han sugerido, que el mismo actor después de una agria discusión con su ahora expareja, habría subido a la red fotografías en las que Myrne aparece mostrando todos sus encantos y, asegura nuestra fuente, en situaciones en exceso gráficas y comprometedoras…“.

Mientras Alfred escuchaba la entrada del noticiero, no podía evitar emocionarse por lo que él creía era la consecución de su sueño, el mismo que se propuso cumplir años atrás, cuando le fue dando forma, a veces de manera azarosa, a veces de manera más que consciente, y siempre en el marco del caos en que discurren todas las vidas. Finalmente se encontraría con lo que siempre consideró debería ser su destino. Desde luego la palabra clave en ese destino sería la de “éxito”, además del resto de palabras complementarias: riqueza, amor, belleza y placer. Todo le resultaba ahora maravillosamente claro.

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El padre de Alfred siempre le criticó su intención de entrar a la escuela de periodismo. De alguna manera él sabía que Alfred, ese hijo que llegó cuando tenía los 60 años, estaba encandilado por el glamur que le sugería esa profesión, pero que ignoraba por completo que muy pocos lograban hacerse de un nombre, que era demasiado picar piedra para tan poca recompensa.

– ¡Te vas a morir de hambre! – Decía su padre con esa expresión disparatada de anciano cascarrabias con la que lo recordaba. Su padre creía que su hijo carecía de la suficiente nobleza y el donaire, de la generosidad, para dedicarse a esa profesión. A pesar de todo, su padre lo apoyó hasta el último momento. Pagó sus estudios como le correspondía, y hasta lo felicitó cuando le mostró el título. Alfred, al último, se quedaría con la idea, que nunca pudo darle a su padre alguna satisfacción, y algo de verdad hubo en ello, pues este terminó falleciendo una semana después de la graduación.

Es cierto, cuando era más joven, Alfred aspiraba a ser un periodista reconocido, ya sea un especialista en política o en economía, o bien, experto en la geopolítica del medio oriente o en las relaciones comerciales con China. Cualquier cosa que sonara así de prestigiosa. Sin embargo, el destino que lo bendecía ahora, lo estaba llevando por otro rumbo: al mundo del espectáculo. Él, visto desde el presente hacia atrás, no se quejaba, había que llegar de alguna manera, para luego quedarse ahí.

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Alfred había hecho un espléndido trabajo. Ese día, desde muy temprano, había acudido directamente con el entorno de la actriz, con quienes logró negociar la exclusiva por encima de otras cadenas a cambio de un trato justo, proteger su imagen y una oportunidad amplia de réplica. De esa manera mantuvo un contacto permanente con el representante y el resto del staff.

Desde luego, en un principio se resistían denodadamente a exponer a la estrella a un mayor riesgo de escarnio público, puesto que a esa hora las procaces fotografías ya circulaban virulentamente. Para ello, Alfred había dado la cara y comprometido con ellos. Hábilmente, los había convencido que lo más recomendable era hacerles frente a las circunstancias. Para eso, bastaría con una breve declaración, la mención de una inminente ofensiva legal y la respuesta puntual a tres preguntas previamente acordadas. De esa manera, les aseguró, con la verdad de su parte, y con la simpatía del público que la idolatraba, Myrne saldría bien librada.

Todo estaba saliendo excelente. El protagonismo que ahora gozaba en ese cuadro cómico-dramático almodóvariano, se le había presentado providencialmente gracias a la urgencia médica de la reportera estrella de la fuente, Margot Cienfuegos. Quien seguramente observaría todo con la boca abierta, desde el cuarto de hospital donde convalecía, mientras la exclusiva del año sería narrada por uno de los tipos a los que, muy recurrentemente, les ordenaba comprarle en Starbucks su café latte grande, deslactosado con miel.

La historia no podía tener mejores ingredientes: la estrella fulgurante de la televisión, la primerísima actriz, famosa por su figura perfecta y rostro divino, además de su permanente reticencia a hacer declaraciones a la prensa del corazón. Ahora, la soberbia mujer, se doblaba humillada ante los micrófonos que tanto desdeñó.

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Empero, sin importar que esa exclusiva se había logrado gracias a la insistencia y al compromiso de Alfred Rueda y, por lo mismo, a la confianza que provocó en el equipo de Myrne. Una orden imperiosa bajó desde la misma oficina del Toro Ortigosa hasta la redacción. Con un grito dispuso: – ¡Díganle a Rueda que vaya directo a la yugular de la actriz! – Pedía que hiciera preguntas muy distintas a las ya pactadas, desde luego muy ajena a la muy cuidada entrevista que se les había prometido. Entre otras cosas ordenó que fuera cuestionada sobre la paternidad de su pequeño hijo. Un tema que ella había evitado siempre para proteger al menor. Un tema sobre el que se debatía, desde hace años, en los todos los medios dedicados a la frivolidad.

Alfred pensaba que lo que la cadena quería realmente era un festín de morbo. Mientras estaba ahí, sumergido en sus reflexiones, recibió el aviso por sus audífonos…

– ¡Rueda! – Estamos listos.

De manera que se enfiló hacia la elegante residencia.

Afuera estaba el representante de la actriz. Este lo recibió con una cara larga. Alfred sintió que se le caía el mundo, ¿Acaso se habrá retractado? Ya podía ver la cara del Toro gritándole su fracaso.

– Myrne quiere platicar contigo antes Alfred…
– ¡Pero ya estamos listo para la transmisión…! ¡Ya lo anunciamos, no me cambien los planes!
– Por favor, solo será un momento…- Alfred terminó por comprender que tenía que ser paciente.

Además, algo en su interior le estaba incomodando realmente. En ese instante cayó en cuenta que la orden recibida no significaba otra cosa que crucificar a la actriz en vivo y en su propia casa. Lo que en el argot del medio se le llamaba como “engordar la noticia”.

Le pidió a su camarógrafo que avisara a la cadena que Myrne había solicitado antes una breve conversación con él. De manera que, siguiendo al representante, se dirigió hacia el interior de la residencia. Franqueó el enorme portón que daba acceso a la magnífica residencia y fue conducido a la entrada del espectacular jardín de la casa de Myrne de Lorean, a partir de donde continuó solo el recorrido. No importaba que esa fuera la cuarta vez que había pasado por ahí, siempre terminaba extraviándose en esa amazonia.

Era bien sabido que las plantas y su jardín era la gran pasión de Myrne, y este era un verdadero pandemónium de árboles y plantas con flores exóticas venidas de todas partes del mundo, organizadas de tal manera que a la vista resultaba un espectáculo embriagante digno de la artista y su fama, no en balde había gastado una fortuna con un reconocido diseñador de exteriores japonés para lograr que luciera de esa forma.

El ánimo en Alfredo era contradictorio, parecía que ya se había curado del reciente y pequeño ataque de escrúpulos, y ya iba más que dispuesto para reclamar airado la falta de formalidad de Myrne y su equipo.

Siguió caminando por un angosto camino techado en su totalidad por helechos gigantes, que lo fueron guiando irreductiblemente a un espacio desde el que se apreciaba una caída de agua con piedras calizas, un estanque con peces de multicolores y en un banco de granito blanco, y ahí, sentada, Myrne de Lorean en persona.

Protegida de la vista de los demás, Myrne de Lorean se veía como un ovillo tembloroso.

Lloraba tímidamente. Alfred fue recibido por unos célebres ojos verdeazulados sumamente hinchados, su desazón era más que patente. Y no era para menos, pensó él, esas fotografías, instantáneas con su intimidad, con las muestras más secretas de pasados anhelos ya habían viajado raudamente y dado varias vueltas por la red solazando ansias ajenas, y mostrándola como un ser humano patético y deshebrado. Los restos de su amor propio estaban rotos, vulnerados, rebajados.

– ¿Myrne?- Preguntó como si dudara sobre la identidad de la mujer. Ella asintió dócil, mientras que lánguidamente me convidaba con un gesto apenas perceptible un lugar para sentarme. Ya para ese momento se le habían bajado los humos a Alfred, acerca del severo reclamo que pensaba hacerle.
– Lo siento mucho, sé que no es fácil…pero desde la estación de Metrópoli me piden que ya empecemos… con lo acordado…- Le dijo a Myrne, mientras le extendía un pañuelo.

Ella agradeció el gesto. Se quedó quieta y en silencio unos minutos. Minutos que Alfred respetó un tanto nervioso, mientras se imaginaba el maremágnum que a esa hora sería la redacción del noticiero ante esa tardanza. Habían pasado ya 15 minutos de la hora en que la entrevista debería estar pasando al aire.

Sin dar tiempo a nada, Myrne empezó a lentamente a musitar ciertas palabras ininteligibles, y luego, poco a poco se fue controlando, con una voz más templada. Sin mayor preámbulo se empezó a confesar. Alfred no daba crédito a sus oídos, prácticamente cada cosa que salía de su boca era una primicia. Afortunadamente, el ya traía encendida su vieja grabadora de cassette.

Ansioso, le hizo saber que, en todo caso, deberían traer los micrófonos, e incluso que podían hacerlo directamente por el celular. Ella insistió en que primero la oyera. Alfred dócil, accedió.

Tiempo seguido, con un exceso de detalle, fue desvelando su historia de amor con el actor Calín Guarneros. Que resultó ser, tal y como cualquiera lo hubiera conjeturado, una historia trivial y chabacana, llena de las mismas cursilerías con las que se regodeaban los televidentes en sus famosas telenovelas. Un romance que fue en un principio creado artificiosamente por un jeque televisivo con fines meramente mercadotécnicos, con el fin de apoyar el lanzamiento continental de la primera telenovela donde aparecían Calín y Myrne. Tres semanas continuas de esa farsa fueron suficiente roce, para que por una grieta se colara el amor. Claro, el amor lo aportó ella, y él lo tomó como un manjar que se le ofrecía pletórico en una charola de oro.

En medio del desahogo de Myrne, con su belleza y vulnerabilidad presentes, esa confidencia arrancada de lo más hondo de su ser a un reporterillo desconocido de 24 años, al que le fue muy difícil permanecer ajeno e insensible. Su relato a pesar de ser lastimosamente cursi, le empezó a resultar lleno de una humanidad irresistible, de una urgencia por la empatía, con un impulso repentino de darle un largo abrazo desinteresado y soltarle unas frases llenas de comprensión y solidaridad. Una diosa bajaba al mundo terrenal para hacerse inmortal, sufrir de amores como cualquier cristiano e hijo de vecino. Era imposible no simpatizar con ella.

La narración continuó. La parte más rugosa faltaba. Todos los lugares comunes de las tragicomedias del medio del espectáculo estaban ahí: celos artísticos, infidelidad, drogas, abuso físico y moral, etc. Y como remate, cuando por fin la dejó por otra estrella más joven, y ella le reclamó airadamente con un par de bofetadas, él, cobarde y ardido por esos golpes, la terminó por destruir con la exposición pública de una serie de videos y fotografías íntimas, todo gracias a un momento de debilidad y de descuido.

Entonces, con gran osadía de Alfred, este le extendió la mano y la puse sobre la de ella, para apretarla delicadamente. Eso duró un par de segundos.

Cuando ella hubo terminado su dolorido soliloquio, quince minutos después, Alfred habló. Sorprendiéndose él mismo, con las palabras que saltaban de su boca, por las que no solo abortaba la entrevista, sino otras muchas cosas…

– Myrne… – Alfred dijo resuelto – En este momento saldré y diré al aire que Usted se ha sentido indispuesta. Le recomiendo no declarar nada hasta que consulte a su publicista y que junto con su staff planeen una estrategia para hacer un control de daños a su imagen. Todo esto le aseguro que pasará muy pronto, créamelo. Recuerde que un gran escándalo dura hasta que llega el siguiente, y el siguiente será en un par de días a lo sumo- Alfred mentía, ese era el escándalo de escándalos, uno que daría materia prima a cada maldito medio que estuviera dispuesto a someter quien sea al escarnio público.

– Usted sin duda estará muy bien y muy pronto encontrará a un buen hombre que la quiera y la valore- Alfred se incorporó, sacó el pequeño cassette con la grabación de todo lo dicho, lo tiró al piso a la vista de Myrne y le dio un gran pisotón, dejando desecha la cinta. Se despidió sin mayor ceremonia y caminó hacia la salida, donde estaba el resto del equipo que lo acompañaba.

Mientras salía sintió la mirada agradecida de Myrne sobre su espalda.

Ya no quiso saber nada más del asunto, decidió meterse a un cine, como una avestruz enterrando su cabeza.

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La antesala con Ortigosa lo estaba sofocando. Y para ello había varias razones. La más llamativa era su vasta colección de fotografías de guerra. Él era un reconocido reportero que había estado asignado en varias latitudes en el frente de distintos conflictos, revoluciones, asonadas, etc. Las fotografías eran excesivamente crudas, pero él las exponía con simulado orgullo.

La otra razón del sofoco tenía que ver con el hecho público y notorio de que Ortigosa, desde siempre, había tomado para sí la ominosa función de despedir al personal. Se decía que eso le provocaba gran placer.

Alfred llegó hasta ahí con una enorme incertidumbre sobre lo que habría de pasar. Las posibilidades apuntaban apabullantemente a un despido fulminante. Estuvo ahí sentado esperándolo por instrucciones suyas, más de una hora, lo que maximizó más aún la tensión.

– ¡Rueda! – Tronó desde el quicio de la puerta de su oficina. Este se levantó inmediatamente y le tendió la mano. Cosa que lamentó enseguida, pues traía las manos sudadas del ataque de nervios que estaba empezando a sentir. Él lo notó y lo desaprobó con un gesto apenas perceptible, aunque no dijo nada, mientras se pasaba una toalla de papel por sus manos. Torpemente quiso disculparme…
– Señor…- Dijo tímidamente.
– ¡Silencio Rueda! – atajó con voz de trueno. Y continuó…
– Somos la primera cadena de noticias del país… le consta de primera mano que trabajamos como locos para lograrlo. No podemos ni debemos darnos el lujo de perder nuestras exclusivas, sobre todo una que tiene materia para ser la noticia del año. Usted recibió una oportunidad única con el noticiero, y no pasó la prueba, no supo sacar ventaja de la ausencia de Margot. Usted es un looser, un mediocre, un idiota, un escupitajo seco en el piso… – Alfred, ante tan pobre auspicio, estaba preparado para lo peor.
– La exclusiva con Myrne hubiera sido un logro en su carrera de mierda… y usted lo echó a perder irremediablemente… ¡Pero de verdad…! No entiendo qué estupidez pudo haber hecho para que ella finalmente no declarara – Decía todo con sus ojos desorbitados y su quijada crispada, tanto, que pareciera estar a punto de quebrarse en añicos, mientras Alfred mudo, pensaba que no podría existir jamás una situación suficientemente grave que mereciera una cara así.
– Jefe Ortigosa, lo he explicado ya… nada pude hacer, la actriz simplemente cambió de opinión…- Alfred seguía ampliando su gran mentira.
– Alfred… – Por primera vez lo llamaba por su nombre. Eso lo hizo ponerse en guardia.
– He estado pensando seriamente que voy a hacer con Usted. Se ha equivocado terriblemente. Ha cometido el estúpido error de involucrarse emocionalmente con la noticia…
– ¡No me interrumpa! – Ordenó violento cuando le observó un intento por abrir la boca.
– Ahora… Usted ha dado muestras en el pasado de inconformidad por no estar asignado a alguna fuente más del agrado de sus aspiraciones. No ha entendido que todas las fuentes son nobles y que en todas puede desarrollarse y destacar- Y asumía un discurso sentencioso.
– Había dispuesto… considerando todos los antecedentes, que su renuncia sería lo mejor para todos- Dijo mientras me miraba directamente.
– Sin embargo… – Continuó diciendo. Produciéndole esas palabras un gran alivio momentáneo.
– Tengo que decirle que los últimos acontecimientos, me han hecho reconsiderar esa decisión. Y por lo tanto, he resuelto darle una segunda oportunidad…
– Señor…- Interrumpí un poco aliviado – ¿Últimos acontecimientos?
– ¡Ah!… ¿Pero cómo? ¿No está Usted enterado? – Me preguntaba con sorpresa, mientras yo hacía evidente con mi expresión el desconocimiento sobre cualquier hecho reciente.
Me miró, y casi pude ver satisfacción en su mirada. Lo que me empezó a alarmar…
– Myrne de Lorean, poco después de las tres de la tarde, se ha quitado la vida…- Escuchaba yo pétreo. Un chorro de agua helada corrió por mi ánimo y se estrelló contra mi cara. La sensación que me produjo tan terrible noticia me aturdió sobremanera.
– Poco después que Usted habló con Ella…- Continuó Ortigosa mientras Alfred iba en caída libre en la profundidad de su pensamiento. Cada vez escuchaba más lejanamente la voz del Toro.
– Ella entró a su casa. Se dirigió a su dormitorio, desde donde dispuso que nadie la molestara. Y ahí, según la información que corrió desde la central de policía, reunió diversos medicamentos que tenía a la mano, y después de preparar un coctel con ellos, se los empezó a pasar con champaña.
– Al parecer se dio tiempo para escribir una breve nota con la clásica frase de exculpación… ¡Rueda! ¿Se da cuenta?… ¡Usted fue la última persona que habló con ella! ¡Si ella era noticia viva, ahora que está muerta es una bomba! – El Toro Ortigosa estaba extático, parecía que de un momento a otro le daría un ataque y se le saltarían los ojos.
– Rueda, su oportunidad consiste, en que Usted, por derecho propio, se haga dueño del tema. Quiero que se dedique de tiempo completo a la memoria de Myrne de Lorean, le daremos espacio suficiente, creemos que podemos extender el impacto en el público por meses, hay muchísima tela de donde cortar, inclusive todavía nos queda Calín y el proceso legal que pudiera enfrentar.

– ¡Imagínese! Si hace bien las cosas, podríamos darle nuevas oportunidades y quizá hasta un programa. Recuerde que sigue vacante el espacio de las 7 de la tarde…
Alfred, en ese lapso ya se había desconectado, toda su atención estaba puesta en una fotografía detrás de Ortigosa. Era de un soldado muerto en una de las tantas guerras en las que fue reportero estrella. El soldado yacía atorado en un alambre de púas, los hombros y la cabeza colgando.

Alfred se tomó 12 segundos en responderle a Oriel “El Toro” Ortigosa.

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Alfred se enteraría mucho después que, cuando renunció tanto a la oferta de Ortigosa como a su trabajo, este había tenido una crisis nerviosa. Debió suponerlo, sobre todo cuando hubo atestiguado cómo, en calidad de poseso, brinco sobre su escritorio para alcanzarlo del cuello y estrangularlo, aunque hace falta decir que, en ese intento, terminó cayendo estrepitosamente para quebrarse la quijada.

La trágica impresión que le dejó Myrne, con el paso del tiempo se fue difuminando hasta quedar en un triste recuerdo verdeazulado. Nunca se enamoró de ella, no hubiera podido. Sin embargo, en su momento y en el presente valoró la efímera comunión que sostuvieron, y que de alguna manera la mantiene unido a ella.

A veces le gusta pensar que su padre sí estaría orgulloso de él.

 

Cuando el Verde es Azul, Parte 5

Cuando el Verde es Azul, Parte 5

Me animaba que esa misma mañana me darían de alta. Mi Madre había hecho ya las gestiones necesarias. Finalmente, los doctores resolvieron que no había una sola razón que justificara mi permanencia ahí.

Me encontraba montado sobre una silla de ruedas, a la espera que un enfermero me escoltara a la salida, tal y como el protocolo lo establece. Y así terminaría este bizarro episodio de casi 5 días de mi vida, en el que primero estuve muerto en una plancha, luego en terapia intensiva y después en observación. Esto último lo repetía una y otra vez como un chiste, al grado que a mi Madre le resultó excesivamente chocante. Y yo le replicaba riendo, que generalmente era al revés, pero ella no entendió la gracia y tuve que dejar de decirlo.

Había dos cosas que, a punto de salir de ese lugar, ocupaban mi mente.

La primera, no sabía nada de Benito. Mi madre había hecho alguna pesquisa en mi edificio y sus alrededores y no había tenido éxito. Yo estaba temiendo que nunca sabría nada más de mi perrito. Otra cosa que me inquietaba (y ahora que lo pienso, era realmente lo que más ansiedad me causaba) era que ya no había vuelto a ver a Analú.
No recordaba en mi vida, alguna otra mujer que me haya impactado tanto. En su momento asumí que las circunstancias tan especiales contribuyeron para lograr ese interés tan grande en ella. Desde luego mucho tuvo que ver que era una mujer incuestionablemente bella. Así que todo eso, además de lo subrepticio de nuestros breves encuentros, cubrieron mi idea de ella con un halo de fascinación desconocida para mi.
Tenía más de 48 horas que la había visto por última vez. Y no logré obtener, por más que lo intenté, información adicional sobre ella con cuanta persona me dejó preguntarle: enfermeros, doctores, gente de intendencia, etc. Incluso la estuve gugleando por horas y supe que no tenía ni Facebook, Twitter, Instagram o alguna otra red social. Lo único que obtuve fue una mención y una foto en un recital universitario en el 2010, donde aparecía hermosa, por sí hiciera falta decirlo. Al pie de esa foto rezaba «La bella Analú Luna se destacó el día de anoche en la presentación del “Lago de los cisnes”».

Esa imagen me ayudó mucho a recomponer su rostro en mi cabeza, pues con el correr de las horas se había ido difuminando, sólo me quedé con la idea de su persona, su olor quizá. Recordaba que guardaba un parecido con Audrey Hepburn, pero evidentemente no era igual. Analú tenía los ojos de un verde intenso, y su cabello era castaño claro ¿O lo tendría pintado?

Una vez que recorría los pasillos del nosocomio, enfilándome hacia la salida, procuré ver en todas direcciones esperando reconocer su rostro entre tantos que ahí se encontraban. Mi Ma, madre al fin, haciendo uso de esa sensibilidad con la que fue dotada por el simple hecho de serlo, algo intuyó en mi cuando me vio tan inquieto, sin embargo, nada me preguntó.

Llegué a mi departamento a las 4 de la tarde. Había llevado a mi madre al aeropuerto. A última hora la convencí de que ya no hacía falta que se quedara. Así que se fue a cuidar a mi hermana que estaba a semanas de dar a luz. Muy poco demoré en lamentarlo, terminé reconociendo que me habría hecho mucho bien tener su compañía un par de días más. Inadvertidamente había llegado a mi la soledad, un sentimiento desconocido para mí.

Quiero decir, querido amigo, que hasta ese momento disfrutaba la soledad, es decir, la libertad de optar o no por ella. El sentimiento que ahora me embargaba destilaba una tristeza diluida en cada segundo, no era para nada algo que me avasallara… pero ahí estaba. Me quedé mucho tiempo sentado en mi sillón de gamer, esa ancla que tenía aún puesta en mis años de estudiante, pero no me nacía prender mi XBOX ni buscar algún partido de fut en mi pequeño santuario de la soltería y de mi reafirmación de único mando sobre mi destino. En su lugar preferí quedarme en silencio.

Habría salido a buscar a Benito, si no fuera porque los médicos me recomendaron reposo por un par de días más, lo que creí excesivo ya que me sentía bien. Una de las condiciones por las que mi Mamá aceptó irse, es que yo no saldría a buscarlo hasta el domingo.

Mientras daba vueltas en mi sillón, observando los 360 grados de todo ese espacio en el que no había más que cosas, caí en cuenta que tenía una asignatura pendiente por cumplir.

Claro. En algún momento tenía que profundizar un poco en lo que recién me había pasado en el hospital, ya sabes, la muerte clínica que de una u otra forma me fue declarada. Eso lo había estado posponiendo y me pareció que era oportuno, además de necesario. Ahora, yo no soy una persona religiosa, digo… claro que creo en Dios… pero digamos que voy a misa muy pocas veces al año, y no rezo ni hago todo lo que se supone que debo de hacer. En ese momento que lo pensaba, me pareció que sería una buena idea ir a una iglesia y agradecer que estaba vivo… tengo que aceptar que he tomado aparentemente muy a la ligera toda esa experiencia. En un principio pensé que lo hacía para no preocupar a mi Ma, pues no pude evitar darme cuenta de su expresión cuando el Doctor le explicó con más detalle por todo lo que había pasado. Pero la verdad es que todo el tiempo insistí consciente e inconscientemente en mantener esa postura tan cool, porque en el fondo me había logrado perturbar la sucesión de hechos en las que yo era el único protagonista.

Además, persistía esa sensación de que algo en mi interior hizo “click”. Quería pensar que algo tenían que ver las medicinas que tomé y el tiempo que estuve dormido o inconsciente en el hospital, pero era innegable, una hora después de haber llegado a mi cueva, todavía rumiaba un desasosiego desconocido. Tan era así, que opté por salir del departamento y de mi edificio, para cruzar la calle que me separaba del parque, y fui hasta aquella palmera, la de mi último recuerdo.

Reí al ver ahí un letrero improvisado de madera que rezaba en grandes letras rojas: “Cuidado, durante la lluvia hay riesgo de que caigan rayos”. Me senté en una banca a un lado de la palma y enfrente de ese letrero que, francamente, me hubiera resultado harto útil la última vez que estuve ahí.

Me sumergí, apenas llegué a ese sitio, en una profunda reflexión ya no sólo sobre los 5 días pasados, sino sobre toda mi vida. Me pregunté qué había ocurrido con los sueños y aspiraciones de aquel niño rellenito que alguna vez fui, aquel que quería ir al África a salvar niños del hambre y de las enfermedades, y que juraba que un buen día se elevaría en uno de esos papalotes que solía volar. Aparentemente lo sustituí con el adolescente jugador de videos y el compulsivo hacedor de abdominales, y luego por el joven que decidió estudiar mercadotecnia y luego una maestría en alta administración. El tipo que tenía muy claro su objetivo de ser CEO de alguna gran compañía antes de cumplir los 40.
Y ahí me quedé, en medio de esas y otras disquisiciones, y cuando advertí que empezaba a obscurecer, quise saber la hora y caí en cuenta que no portaba un reloj, y más extraordinario, hasta ese momento es que me pregunté ¿Dónde está mi IPhone? Tenía ya 5 días sin celular y sin esa ridícula obsesión por tenerlo muy cerca para evitar perder… algo… no sé qué, pero “algo” con toda certeza. Un artefacto sin el que no sacaba la nariz a la calle, ¡caray, cómo hemos cambiado! Me preguntaba en tono jocoso, pero con una seriedad absoluta.

¿Y ahora? ¿Cuál es mi fin… mi objetivo? Ya no sentía que fuera el mismo, cuando menos en ese momento ya no deseaba trabajar como loco para aspirar a ser el mandamás de una gran compañía. Pero cada vez tenía más la certeza que todo lo ocurrido obedecía a un propósito central. Pensar que todo había sido tan solo el resultado del caos universal, empezaba a ser inconcebible. En algún lugar se había dado una carambola de tres bandas y yo era la bola blanca…

Repentinamente sufrí un profundo terror que me hizo emerger apresuradamente de las profundidades de consciencia por las que andaba, para gritar primero, y luego lidiar con el ataque físico de un ser desconocido al que no podía ver en la penumbra en la que estaba…

– ¡¿Qué?!… ¿Benito?… ¡Benito!… – Grité emocionado mientras Benito me lamía la cara desesperado dando grandes brincos con sus patitas cortas ¡Como si yo fuera la última croqueta de la tierra! Y yo lo abrazaba con el mismo entusiasmo que lo hacía el pobre animal. Luego, para seguirme sorprendiendo, ágilmente saltó de mi regazo hacia el piso y salió corriendo un trecho y se perdió en unos setos, mientras yo quedaba todavía conmovido por la sorpresa.

No tardó mucho el regreso de Benito, solo que ahora, corría hacia mí para luego detenerse un poco y regresar unos metros hacia atrás, como si esperase a alguien. Inesperadamente apareció la silueta de una persona que no lograba distinguir al principio.

Conforme se fue aproximando, mi corazón empezó a latir más fuerte, y yo seguía reuniendo más datos en mi mente sobre quien pudiera ser esta persona…

… Y era ella…

(Continuará…)      Cuando el Verde es Azul, Parte 6

Cuando el Verde es Azul, Parte 4

Cuando el Verde es Azul, Parte 4

Te voy a quitar la mano de la boca… pero tienes que dejar de reír– Yo seguía estacionado en sus grandes ojos verdes, y no sentía ninguna molestia, ni por su mano, ni por su cercanía.

¡Audrey! – Dije exaltado cuando me quitó su mano. A Ella le sonó como si yo hubiera resuelto un acertijo. En realidad, se trataba de un viejo juego que jugaba con mis amigos. Decir rápidamente a que artista nos recuerda determinada persona. Y ella, sin pensarlo, me trajo a la memoria a Audrey Hepburn. Claro, con ojos verdes claros y un cabello largo y ondulado.
¿Audrey?… no, soy Ana Sofía… la Doctora Luna – Mientras me miraba sonriendo – ¿Por qué te reías así? Creí que lograrías despertar a todos los pacientes del hospital– Y se sentó en el sillón.
¡Casi me cago del miedo! Creí que eras… no sé… algo. Y cuando ya te vi pues… era llorar o reír. Y como te puedes haber dado cuenta opté por reír– Pare de sonreírle casi enseguida, y me quedé serio.
Ya me he enterado lo que hiciste por mí… – Le solté de pronto. Era un tema que había que tocar. Seguramente era la misma razón por lo que Ella me había ido a buscar.
Sí, eso… pues nada… es mi trabajo – No dejaba de sonreír.
Me da muchísimo gusto haber estado ahí en ese momento… y ayudarte…– Su cara estaba roja.
¿Ayudarme? ¡Pero si me salvaste la vida! Justo ahora estaría siendo plato de un montón de gusanos. Si no fuera algo extraordinario para ti también, no habrías hecho por verme, dos veces – Y ahora era ella la que se puso seria.
La verdad es que me prohibieron verte– Y su cara denotaba que estaba cruzando alguna línea al decírmelo – Ellos creen… ellos temen, que puedas demandarlos y generarle mala publicidad al hospital…– Y se mordió el labio inferior, una costumbre de ella, según me pareció.
No tengo esa intención… ¿Ana Sofía? …- Me vi un poco torpe por dudar del nombre que me había dado ya dos veces.
Si. Ana Sofía Luna. Mis amigos me dicen “Analú” … ya sabes… un apodo de secundaria– Y percibí cierta pena en su mirada, no sé si por el gesto de confianza conmigo o por su apodo.
Pues Analú, ya sabes que soy Luis Nuño, pero yo también tengo un apodo. A mí, hasta mi madre me dice “Luke”. Y no me preguntes de dónde salió, creo yo que desde primaria- Y añadí – … ¡Ah!… Te decía que no me ha pasado por la cabeza demandar ni nada por el estilo, así que no te preocupes por eso– Espere unos segundos y me sinceré – Lo que sí te quiero decir es… gracias… me salvaste la vida…– Y la miré a sus ojos verdes, verdísimos. Y pensé que podría verlos por horas.
Luke, de verdad, no tienes que… – Se detuvo y repuso.
Sí, es cierto, te salvé…- Nuevamente paró, y por su mirada deduje que estaba buscando las palabras exactas en su mente. Luego suspiró y empezó de nuevo.
Estoy terminando mi residencia como médico internista en este hospital. Y la noche que llegaste en la ambulancia, estaba apoyando en el área de urgencias. Me encontraba atendiendo a una persona que había sido atropellada, cuando me llamaron a otra urgencia. Ahí estabas tú. Llegaste al hospital después de haber recibido el impacto de un rayo, y aunque por fuera no presentaras lesiones o quemaduras, prácticamente no tenías signos vitales. Yo asistí directamente al médico que intentaba reanimarte. Personalmente estaba atenta de los distintos monitores… – Sus ojos estaban humedecidos y sonaba emocionada cuando decía esto ¿Se estaba desahogando?
Y no sé en qué momento, en medio de la enorme tensión y el apremio que supone una situación como esta, donde unos gritan y otros corren, al ver que no reaccionabas a pesar de todo lo hecho…. nos dimos cuenta que te íbamos a perder. En mi mente pensaba ¡que tristeza! Y luego miré tu cara… te veías como cualquier otro… y luego… sonreíste… Nadie más ahí lo notó. Sólo yo. Pero aún así, no hubiera sido difícil explicarlo de muchas maneras, un gesto involuntario… lo que sea. Y ya lo sé… ya sé lo que puedas pensar, pero juro por Dios que sentí que me sonreíste a mí…- Sus ojos eran más verdes que nunca y me miraban intensamente.
Finalmente, después de intentarlo a todo trance, te declararon muerto– Y bajó sus ojos.
Yo quería seguir intentándolo, pero el médico a cargo dijo que era suficiente, yo obedecí, y en ese instante solté una lágrima... – Yo la escuchaba y no podía evitar emocionarme junto con ella – … antes de retirarse se acercó y me aconsejo paternalmente que tenía que evitar involucrarme emocionalmente con los pacientes, de otra manera no podría tener paz. Después, todos se retiraron. Menos yo… me quedé, no era mi intención quedarme ahí sola. Simplemente no me di cuenta cuando la última persona abandonó el quirófano… – Hizo una pausa, mientras permanecía con la mirada baja.
– … reflexionaba yo en esos minutos que me quedé sola contigo, que era cierto lo que me hizo ver el especialista, me había involucrado con una persona desconocida e inconsciente, pero ¿por qué? – Preguntaba y levantaba la mirada hacia la mía. – Lo de la sonrisa supongo que puedo haberle dado un valor y una interpretación muy subjetiva. Supongo que a pesar de mi experiencia no ha dejado de impresionarme al ver morir a alguien de mi edad. Alguien con el que podría salir a tomar un café y conversar sobre, no sé… intereses comunes…- Y sonreí.
¿Me estás diciendo que vivo gracias a que querías ir a tomar un café conmigo? – La interrumpí.
¡No seas tonto! – Me contestó sonriendo – Me quedé porqué algo me hizo quedarme. No sé explicarlo… un par de minutos antes de irme, me di cuenta por el monitor que tu corazón había empezado a latir… débilmente, pero latía…- Entonces, suspiró profundamente,
Y hete aquí.

Cuando Ella terminó hicimos ambos una pausa, mientras observábamos como se colaban las primeras luces del nuevo día.
Y añadí – Yo me siento un poco tonto – Mientras le lanzaba mi mejor sonrisa – No tuve la dignidad de llegar aquí ni siquiera atropellado, navajeado… ya no digamos balaceado. ¡No! Tenía que llegar “rayado” – Y ella reía, y yo con ella.
Sólo espero que Benito le haya ido un poco mejor… – Y en ese mismo segundo salté como resorte hasta sentarme.
¡Benito!… ¡hasta ahora me acuerdo de él!... – Y me quedé verdaderamente angustiado.
¿Un amigo? ¿Quién es Benito? – Había conseguido preocuparla también a ella.
Mi perro – Dije totalmente afligido –Yo regresé a buscarlo en la lluvia, fue cuando supongo que me cayó el rayo– Y ella se lamentaba con su mirada mi situación y la del pobre Benito.

En eso estábamos cuando inadvertidamente entró una enfermera. Analú discretamente se secó los ojos, y con su mirada me dijo que tenía que irse. Yo lamenté muchísimo que se fuera; eso y lo de Benito me dejaron muy desanimado.
Cuando se hubo marchado, ya sabía que la iba a extrañar. ¡No lo podía creer! Pero era cierto.
¡Ay amigo! Me acuerdo y me vuelvo emocionar… de Benito no te preocupes, te platico…

(Continuará…)

¡Ahora me matan!

¡Ahora me matan!

Enfrente del paredón está Anastasio Domínguez. Su calzón de manta y su sombrero ancho de paja son inconfundibles. Alcanzo a distinguir también su flacura y su espalda arqueada, a pesar de que he perdido los anteojos en la escaramuza donde nos atraparon, en el “Bastión”, adelantito de la sierra Mojada. Los anteojos, que era lo que me distinguía del resto, y lo único que insinuaba mi oficio de maestro. Porque, por lo demás, todos somos prietos, con bigotes caídos, mugrosos, sin una bañada decente en semanas.

Sin estar muy seguro, creo que Tacho llora. No lo culpo, además de ser muy joven, tiene dos hijos chiquitos que todavía no hablan, según me dijo el otro día.

Dejo de verlo. Echo la mirada a otro lado, justo cuando llega un piquete de federales. Luego luego, se notan los caballos federales, gordos y bien comidos, con forraje seguro. Nuestros animales solo comían la poca hierba seca que encontraban en medio de este desierto maldito.

No son muchos, unos treinta. Todos son jóvenes y portan uniformes nuevos, se ve que no les ha tocado refriega aún. Muchos curiosos nos rodean a todos los que estamos en picota. Niños, mujeres, ancianos, de todo. Se nota en sus caras el horror de ver tan de cerquita la muerte de alguien. Fijo mi mirada en un niño pecoso, este se tapa los oídos y cierra los ojos, al mismo tiempo que retruenan los fusiles del paredón.

Regreso la vista y veo como sacan al Tacho con las patas por delante. Ya solo quedan dos antes de mí: Fulgencio Medina y Juan Mayorga, mejor conocidos en la bola como la Pitaya y el Indio. Muy valientes y jinetes sin igual. Me da tristeza pensar que ellos se hubieran podido salvar si no hubieran regresado a ayudar a los que seguíamos retrasados. Cuando nos dimos cuenta, quedamos encerrados en la cañadita del “Bastión”, famosa por su leyenda, de que en las noches de poca luna se aparece la Llorona por el arroyito que la cruza. Domingo Sánchez se santiguó cuando supo que por ahí pasaríamos – Es de mal agüero– Dijo quedo. Quizá lo debería haber tomado como un aviso. Yo solo me reí cuando vi la cara de susto de Mingo. Pero ¡Cómo son las cosas¡ Mingo fue el primero que fusilaron, a eso de las 8 de la mañana. Si se hubieran esperado un poquito más, Mingo hasta hubiera alcanzado el rancho: unos pocos frijoles con tortillas y café. Pues como dijo la Pitaya, hay mucha diferencia de morir con la panza llena que sin un taco en la buchaca.

Ahora veo como recargan al Pitaya contra la pared. No deja que le tapen los ojos. Esta tieso como palo, y con la cara levantada. – ¡Buen viaje Pitaya, ay te alcanzo! – Le grita el Indio, que es el que sigue en la fila de los que fuimos sentenciados sumarísimamente al paredón. Pitaya grita – ¡Viva la revolución cabrones! – Cuando truenan otra vez los rifles federales. Pitaya queda recargado en la pared, como negándose a caer. – ¡No te caigas Pitayita! – Le grita alguien de la fila que no reconocí. Sin embargo, Pitaya se empieza a resbalar hasta quedar hincado, ahora nos parece que reza antes de entregarse al eterno.

Un federal del piquete de fusilamiento lo empuja violentamente al piso con el pie.               – ¡Respeta al difunto, hijo de la chingada! – Vuelve a gritar la misma voz. El soldado voltea y reconoce al gritón. Ahí está Melitón Garza, un serrano de Chihuahua, que es jalado por el soldado para ponerlo delante del Indio en el orden del fusilamiento. Melitón se ríe, y lo hace muy fuerte como burlándose de su suerte, o lo que es lo mismo, burlándose de la muerte. Ya contra la pared, continua su bravata, se abre la camisa y deja su pecho desnudo – ¡Pa’ que no le vayan a errar cabrones! – … Y no le erraron ni tantito, todos los disparos pegaron en su pecho. El pecho de un valiente. El soldado que se dio por ofendido, toma por el pie su cuerpo y arrastra indignamente al muertito. Cuando vimos eso, a todos se nos encoge el corazón.

Cuando veo que toman al Indio, caigo en cuenta que yo le sigo. Y decido dedicar esos pocos minutos que me quedan, a recordar mi casita de adobe allá en mi Jerez del alma. Y me parece ver todavía su puertecita roja, y ahí, a mi Lupe, mi mamá y mis niños, Juanita y Paquito. Atrás, una parcela de tierra que sembramos entre todos. También vienen a mi memoria mis trece alumnos de la escuelita donde enseño: Julián el rico. Rosita la bonita. Edelmiro hijo del boticario del pueblo. María la huérfana de Don Nicasio, ex jefe político de Jerez. Lalita, la campeona de oratoria. Toñito el más brillante. Domitilo el más tonto, pero el de mejor corazón. Refugio el hijo del cura, según las malas lenguas. Simeón otro niño rico. Conchita la reina de la aritmética. Aníbal el niño que vino de la capital. Felipe el noble, el defensor de los débiles y, finalmente, Quique el gordito y el poeta del salón.

Cierro mis ojos con fuerza, pensando que los estoy abrazando a todos muy fuerte. No me arrepiento de verme metido en la bola. Doy mi vida gustoso por mis hijos y los hijos de ellos. Doy mi vida para que este país sea un país de justicia. Que deje de ser un país de pobres, que se paguen jornales justos al campesino, al obrero, al maestro… En esas estaba cuando me sujetan del brazo y me jalonean. Es el mismo soldado que arrastró al pobre Melitón. Yo no protesto. Me dejo llevar sin oponerme. La suerte está echada. Mi vida fue buena y estoy agradecido, sólo pido a Dios por los míos y mis alumnos.

Me dejan en la pared. Y cuando miro que se aleja el soldado para tomar su lugar, se oye la voz de trueno del Capitán Quiroz, jefe del destacamento – ¡A ver ustedes! Mañana continúan con los fusilados. Váyanse a las volantas de la sierrita de San Javier, repórtense con el Teniente Antúnez, ¡De inmediato!... – Y los soldados corrieron como si les hubiera gritado Dios.

Yo, en medio de todo eso, alcanzo a gritar con todos mis pulmones – Oiga mi Capitán, no me pueden dejar así… ¡Ahora me matan!… – El capitán, después de oír mi insolencia, giró raudo su cuaco, me vio y así, se rio. Me dijo – No te desesperes, mañana serás el primero- Y se alejó riendo.

Lo único que me queda es gritar desaforado… con la garganta desgarrada: – ¡Mátenme ya…!… ¡Mátenme ya…!… ¡Mátenme ya…!

Y ahí me quedo… viendo al suelo… y esperando el siguiente día.